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‘Blood Dolls. La venganza de los muñecos’, de Charles Band febrero 9, 2011

Posted by José Manuel Serrano Cueto in Terror.
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Dedicamos uno de nuestros primeros posts a Blood Dolls. La venganza de los muñecos (Blood Dolls, 1999), del aficionado a las marionetas asesinas Charles Band, líder de la mítica productora Full Moon que tantos divertidos “directs to video” nos viene ofreciendo desde los años 80. La película se mira descaradamente en el clásico Muñecos infernales (The Devil-Doll, Tod Browning, 1936), básicamente a través del campo argumental -un hombre transforma a seres humanos en muñecos que usa para cobrarse venganza sobre tres colegas que le han traicionado-, aunque también del estético -con el circo como principal influencia: un enano, un mayordomo payaso…- e incluso del temático -con referencias sadomasoquistas claras, que en Browning se pueden desvelar a través de análisis freudianos, y la presencia constante de la deformidad: el vengador posee una cabeza extremadamente pequeña.

A Blood Dolls, una comedia de terror absolutamente alocada, no le falta el toque erótico de rigor a través de la figura de la pechugona “scream-queen” Debra Mayer, que en este caso abandona los gritos para convertirse en la villanísima de la función, una “dominatrix” capaz de seducir (o no) al multimillonario “cabeza de jíbaro” Virgil Travis, el vengador enmascarado que arrastra un penoso trauma infantil: su madre le crió dentro de una botella.Aunque el erotismo sea bastante pacato, de tono humorístico (grotesco), Mayer muestra escote y curvas para solaz del espectador. Eso es lo que buscamos en un divertimento palomitero de tal calaña: sexo, gore y, quizás, rocanrol. Los dos primeros están presentes, aunque no en la proporción que nos gustaría, a través de Mayer, como hemos dicho, y de las maldades de Travis, el “payaso” que le acompaña y el trío de marionetas. Por su parte, el rocanrol también tiene su lugar, aunque si bien el erotismo y el gore no satisfacen del todo por su escasa presencia, en el caso de la música puede llegar a provocar sobredosis: unas chicas son obligadas a cantar a gusto de Virgil Travis, que las tiene encerrada en una jaula, y, si se niegan, reciben una descarga eléctrica por gracia de un enano servicial. Pero esa gran jaula-musical es, quizás, lo más pesado de la función: o  te entusiasman soberanamente los temas cantados o te ralentizan lo que realmente interesa, no más que las peripecias gamberras del trío de marionetas, que, dicho sea de paso, tampoco se lucen como en otras películas de Band. Aún así, cada aparición del chulo putas “blaxploitation” The Pit, de la letal diosa hindú o del bruto camorrista (y cachiporrista) es una auténtica gozada pese a la precariedad de sus movimientos, muy lejos de la “stop-motion” harryhausenera. ¡Es la perversión del mundo infantil! ¿O no es Virgil, en el fondo, un niño malo jugando con sus muñecos? Ains, esas carencias afectivas…

Blood Dolls cuenta con un doble final a gusto del consumidor: un romántico “happy end” y un explosivo “sad end” (bueno, según se mire). Pero lo mejor (o peor) de esta película no es la película en sí, sino las ganas que le quedan a uno de conseguir el merchandising (véase esto como ejemplo). Comerciante listo el Charles Band.

Texto: José Manuel Serrano Cueto.
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Comentarios»

1. Javier - marzo 17, 2011

A mi me cae muy bien Charles Band, se nota que le pone mucho cariño, y las pelis son muy entretenidas.


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